Club de Lectura: Ex Libris

Por Manuel Fonseca

¿Un torpe intento de canon literario?

            De entre los libros recién llegados a mi biblioteca uno lo hizo muy recomendado; sin embargo la decepción ha sido tan extensa como el texto al que considero torpe intento de canon literario. No oculto, sin embargo, que a estas alturas de mi vida de lector las tremendas dudas que me asaltan, máxime cuando busco huir de cualquier parecido con la inquina o la maldad de atacar desde la sombra a quien, a fin de cuentas, ha efectuado el acto memorable de escribir un libro (exagerado y pretencioso desde el mismo título), para exponer sus gustos literarios. Es hora de mencionar a la autora y al libro en cuestión: Mercedes Monmany: Por las fronteras de Europa. Un viaje por la narrativa de los siglos XX y XXI, Galaxia Gutemberg, Barcelona, 2016.

Seamos sinceros: cuando no hemos vencido ni el primer cuarto de siglo, resulta incomprensible el intento de abarcar el panorama literario de los setenta y ocho años venideros. Hablamos de tres generaciones capaces de amar, odiar y escribir maravillas hasta final del siglo; capaces de abominar o peor aún, olvidar que les condenan a la inexistencia porque una lejana autora decidió reducirlos al silencio antes, incluso, que comenzaran a emborronar papeles, libros electrónicos o las nubes contaminadas que existan así que pasen tantos años; tres generaciones suponen una enorme cantidad de cambios, lo sabemos por la historia y la literatura; lo sabemos por experiencia, no en balde quien escribe estas líneas ha vivido casi al completo esos setenta y ocho años, es un viejo asomado al precipicio del tiempo o si lo prefieren de modo más optimista, sentado sobre la pestaña de los años. Téngase presente que Cervantes inició la redacción del Quijote a finales del XVI y que “Los Trabajos de Persiles y Seguismunda” se publicó un año después de la muerte de don Miguel, en 1617, pero en esa obra trabajó desde finales del siglo anterior. Ignoro si en los primeros años del veinte (pongamos sobre 1916) algún autor cedió a la tentación de despachar un censo con iguales pretensiones a las de Mercedes Monmany, no me consta tamaña osadía.

Comprenderán ahora mi sorpresa cuando leí el subtítulo del libro, nada menos que un viaje por la narrativa de los siglos XX y XXI, un festín para cualquier lector; la cosa no tendría más importancia que una simple trapacería intelectual salvo por el cosmético de unas cuantas firmas magistrales. Uno, en su dilatada vida de lector, se acostumbró a los desmedidos elogios que suelen acompañar a determinados escritores (incluyendo los más torpes plagiarios), pero no por ello pudo evitar la sospecha, rápidamente silenciada, ante el peso de la púrpura de quienes firmaban la hemorragia elogiosa inscrita en la faja del libro. Hablo de autores a los que admiro, a quienes considero imprescindibles; pero de buenas a primeras tropiezas con el primer elogio, se debe a Vargas Llosa y por ello resulta más sorprendente leer que nos hallamos ante: un surtidor de ideas ricas y grandes estímulos para leer a muchos autores, una impagable guía. A renglón seguido interviene Claudio Magris: Un libro armonioso y poético, una geopolítica cultural. Y para que no cese la pirotecnia, añade en el prólogo, del que es autor, el siguiente repertorio de maravillas: El halcón Mercedes todo lo ve con su agudísima vista; no se le escapan ninguna de las demás aves que vuelan, ninguno de los animales que corren o se esconden en el bosque… y continúa con peces de diversas profundidades; pero aún hay más: Ligero y flumíneo, ve las cosas que los demás todavía no ven y se apodera de ellas; alimentándose cual ave de presa. Más que elogio parece advertencia; asusta. Según don Claudio la mentada señora posee la capacidad de transformase en halcón para devorar las ideas de quien las tenga. Las ideas ricas, se entiende; las otras que suelen ser las abundantes, no le interesan. Será para no manchar las futuras descargas de elogios que desbordan el montón de páginas empleadas por don Claudio para ensalzar esta nómina de ideas ricas en la cual no hay (el título lo presupone) lugar al olvido. Todos conocemos antologías con alguna indecorosa omisión hija en gran parte de la ignorancia o del afán de atenerse a lo políticamente correcto y no contrariar imposiciones partidistas; no obstante, cuando se cae en la tentación de cometer una geopolítica cultural, es deseable exigir mayor aplicación.

Lo diré de una vez: este viaje por la narrativa etc. etc. adolece de sonoras omisiones. Y me permito mencionar unas cuantas especialmente llamativas: entre la literatura francesa olvida a Marguerite Yourcenar (aunque nacida en Bélgica escribió su obra en francés), de Marguerite Duras (nació en Indochina cuando Viet Nam era colonia francesa; de Françoise Sagan y de Julien Graq, quien ni siquiera aparece como Louis Poirier, su nombre “civil”. Nada. Silencio sobre “Memorias de Adriano”, “El Amante”, “Buenos días tristeza” o “Mar de las Sirtes”; Tampoco se menciona entre la literatura rusa (“Rusia, el gigante inabarcable” titula la autora este apartado), a Boris Pasternak, Alexander Solzhenitsyn, o Mijaíl Sholójov. Ni una línea sobre “Doctor Zhivago”, “Archipíelago gulag” o “El Don apacible”, ni están ni se les espera. Ninguno de los tres existe en el repertorio de ideas ricas de esta inefable geopolítica cultural. Es llamativo el silencio sobre Mijahil Sholojov: Justo Navarro, el cuarto elogiador de este repertorio de sonoros olvidos, firmó un artículo extraordinario en Babelia, suplemento del diario El País (febrero de 2009), saludando la reedición de “El Don apacible” con un titular inapelable: “Elegía Cosaca”. Cabe preguntarse si el señor Navarro, admirable por algún buen libro, no ha sido justo ni con el ruso ni con su memoria. Claro que también es admisible considerar su conocimiento parcial del texto ensalzado.

En el epígrafe de los países nórdicos (“Países nórdicos, la saga que no cesa”, proclama la autora), faltan autores de la talla de Pär Lagerkvist o Stig Dagerman, se omiten obras esenciales como “El Enano” o “El Hombre desconocido”, respectivamente; en “La Tradición alemana, de los Alpes al Báltico”, no encuentro por ninguna parte a Robert Walser, seguramente entretenido en las clases del Instituto Benjamenta junto a “Jakob von Gunten”; lo mismo sucede con “El Hombre sin atributos” de Robert Musil.

Un título cuyo simple anunciado presupone abundantes noticias en el gran despliegue de este “surtidor de ideas ricas”, corresponde a “Centroeuropa y el mosaico de los Balcanes”. Bueno, sí, pero… Olvidar a Milorad Pavic y su “Diccionario Jázaro”, es, además de injusto, grave torpeza.

Para “Portugal, Brasil y el África lusófona”, se administra la correspondiente ración de olvidos: José Saramago desaparece entre la ceniza volcánica de Lanzarote, no se menciona ni “Ensayo sobre la ceguera”, ni “Todos los nombres”. Un autor tan influyente en la política y la sociedad de los diez últimos años del pasado siglo, se esfuma en la espuma del Atlántico. Igual destino acoge al brasileño Jorge Amado, se comprende que se embarcó con “Los Viejos Marinos” y malos vientos lo alejaron de Bahía; se perdió, lo mismo que Guimaraes Rosa en el “Gran Sertón. Veredas”, novela que admite (y acaso requiera) varios calificativos, llamarla fundamental no es exageración.

Así llegamos a Irlanda, la verde Irlanda, patria, que no cobijo, de James Joyce, cuya narrativa constituye ejemplo máximo de originalidad, uno de los artistas fundadores de las vanguardias que arañaban los límites del lenguaje, aunque Borges considerara “El Ulyses” mera superstición literaria del siglo XX. Estremece pensar que Joyce se refugió en la ciudad de Trieste, la misma en la que vive Claudio Magris.

En Gran Bretaña anotamos la ausencia de Graham Greene, George Orwell y D. H. Lawrence. Al primero, como todos sabemos, salvo la autora de esta geopolítica cultural, se deben “El Tercer hombre”, llevada al cine por Orson Welles quien filmó una cinta imprescindible (¿recuerdan la melodía interpretada por Anton Karas?); “El Americano impasible” (conozco dos versiones cinematográficas); “Nuestro hombre en la Habana” o la angustiosa narración de “El Poder y la gloria”. Las Islas Británicas, tan brumosas ellas, han diluido nada menos que a George Orwell. Carecemos de noticias sobre “Rebelión en la granja” o “1984” (Por cierto, aquí tenemos la primera mención al “Gran Hermano”, nada que ver con la basura televisiva posterior). No hay duda que para “ideas ricas”, debemos contar con la presencia de este honesto y correcto narrador; y no quiero olvidar a D.H. Lawrence, tan censurado como Joyce, acusado de pornógrafo por obras como “El amante de Lady Chaterley” o “Mujeres enamoradas”.

Para alguien a quien se atribuye “el sentido de la totalidad y de la irreductible singularidad” (don Claudio dixit), nos abruman tantos y tan sonoros olvidos. No será extraño que otros lectores encuentren más nombres perdidos en el extenso despacho de la dichosa geopolítica cultural. Incluso en esta algo extensa y apasionada nota.

 

Nota Bene: No me resisto a incluir el enlace a la melodía de Anton Karas con el “Tema de Harry Lime“. Una delicia:

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