Club de lectura: Ambros Bierce

por Manuel Fonseca

La foto refleja la imagen de un caballero atildado, pulcro, de cabello entrecano, bigote al estilo de la época. Estamos en presencia (una exageración, lo se) de un escéptico sin remedio, de un hombre triste hasta la desesperación, que recibió el calificativo de bitter (amargo) y fue considerado malvado por sus contemporáneos, una persona despiadada capaz de arruinar la fama de cualquiera utilizando su dominio del lenguaje y la enorme atalaya que le prestaba ejercer como director de uno de los periódicos de la cadena Hers, el magnate canalla muñidor de la guerra hispano-yanky al que el gran Orson Wells inmortalizara en la magistral película “Ciudadano Kane”.

Hemos dicho malvado y amargado, cierto… pero, sin abdicar de uno sólo de esos adjetivos, considero justo fijar la vista en sus ojos, la mirada refleja los sentimientos, expresa la auténtica arquitectura del alma. Y vemos, no es preciso esforzarse demasiado, una infinita tristeza, un dolor intenso reflejado en la expresión de llanto contenido a fuerza de un riguroso ejercicio de soledad, a base de haber presenciado tantas atrocidades que una sola lágrima sería un desperdicio sentimental que le conduciría a más sufrimiento, a más amargura.

Como la vida de cualquier persona, la de Bierce está determinada por la fecha y el lugar de su nacimiento. Se suele añadir el nombre de los padres, su profesión, afinidades, religión y otros aspectos administrativos que pueden resultar irrelevantes en la futura actividad del escritor, cuando es al contrario. La influencia de los padres es incuestionable y el paisaje de la infancia también. Luego, el rodar de los años, suaviza o acentúa determinadas características. Nuestra vida termina por parecerse a una novela de la cual no somos los únicos responsables y de la que desconocemos el final, porque para nosotros permanece inacabada. Ambrose Gwinett Bierce, nace el 24 de julio de 1842 en una comunidad puritana en la localidad de Horse Cave (Ohio), hijo de un agricultor sin fortuna que llevaba orgulloso el nombre clásico de Marco Aurelio y de la señora Laura Bierce, augusta madre de trece hijos cuyos nombres comenzaban por la letra “A”.

Establecer el nacimiento dentro de una comunidad puritana, no se reduce a simple cuestión de añadir “color local” al relato, sino al hecho de habitar un ambiente opresivo en el que las reglas se cumplían a rajatabla, la señora madre no dudaba a la ahora de emplear la máxima de “la letra con sangre entra” cuando lo creía menester; Marco Aurelio seguramente era más tolerante, sólo así se explica el hecho de disponer de una aceptable biblioteca donde la curiosidad del más joven de sus hijos hallaba consuelo. Es imnegable la influencia negativa de estos excesos, tomemos como ejemplo un par de definiciones extraídas de uno de sus textos más conocidos: “Diccionario del Diablo”:

Fe, s. Creencia sin pruebas en lo que alguien nos dice sin fundamento sobre cosas sin paralelo.

Religión, s. Hija del Temor y la Esperanza, que vive explicando a la Ignorancia la naturaleza de lo Incognoscible.

A los 19 años, por influencia de su tío Lucius, se alista en el ejército federal como soldado topógrafo bajo las órdenes del general Hazen, suceso determinante para el joven Ambros, no es ocioso afirmar que la guerra le provoca un desgarro atroz. Termina la contienda con el grado de teniente y consigue un sueldo administrando los bienes incautados a la Confederación; no ocupa mucho tiempo el puesto, marcha a California, contrae matrimonio con Mary Ellen Day (de la que se divorcia después de años de tortuoso matrimonio) y se establece en Londres donde trabaja como periodista. De regreso a California comienza una frenética actividad como articulista, crítico y escritor en el San Francisco Examiner. Las lecturas de su infancia, junto con las enseñanzas del periodista James Watkins al que podemos considerar su maestro literario, unidos al duro aprendizaje de los años anteriores, le ayudan a convertirse en un escritor sin concesiones al barroquismo, dueño de una envidiable economía narrativa que prefiere el litote, la paradoja, la ironía y el sarcasmo como instrumento literario que dominó a la perfección.

En sus relatos el paisaje no queda al margen, bosques, las llanuras o los espacios que, referidos bajo la niebla o la dudosa luz del amanecer, adquieren un significado propio, se encuentran en Poe, en Villiers de L’Isle Adam, en Bécquer y, en lo que se ha venido en llamar “literatura macabra” del s. XIX. Su influencia se extiende a otros autores, Lovecraft no oculta su admiración ni su deuda para readactar el clásico “Los Mitos de Cthulhu”. A despecho de la pobre opinión que como autor le mereció al crítico norteamericano H.L. Mencken, con el que compartió tertulias y amistades, Bierce es una de las cumbres de la literatura fantástica; sin embargo en no todos el horror es el protagonista, junto al sarcasmo se manifiesta una amargura condensada, sin final; el escepticismo radical hacia los hombres, sus instituciones y sus creencias.

Como sucede con otros grandes escritores resulta tentador y fácil enumerar una serie de calificativos para señalar los méritos de cada uno de sus relatos; en este caso, como en otros muchos, constituye una muestra superflua de erudición, pero sabemos que la erudición exagerada y la imbecilidad van de la mano; Se agradece disfrutar la lectura de, por ejemplo, “Chickamauga” o “Incidente en el puente del río del búho”. Sólo dos precisiones que no logro evitar: “Chickmauga” significa “río de la muerte” y respecto al “Incidente”, observe el lector la circunspección con la que el autor menciona el hecho: “Incidente” es menos importante que “accidente” o “ejecución”, es, por así decirlo, un hecho menor que apenas admite una simple descripción en un informe del tres al cuarto.

Donde se aprecia con toda crudeza el sarcasmo bierciano es en la siguiente serie de relatos agrupados bajo el título “El Clan de los parricidas”. Dos de ellos son, a mi entender, lo más selecto del humor negro (y no olvidemos que Bretón lo incluyó entre los más conspicuos autores de este género): “Aceite de perro” y mi “Crimen favorito”. Su autor consigue en ellos un relato severo, frío, rápido y atroz al mismo tiempo para poner de manifiesto la hipocresía social, la falsedad de los sentimientos familiares, la estupidez de la justicia y sus servidores. Recordemos la definición de justicia en su obra más conocida “El Diccionario del diablo”:

Justicia, s. Artículo más o menos adulterado que el Estado vende al ciudadano a cambio de su lealtad, sus impuestos y sus servicios personales.

 Su vida, tan cargada de sarcasmos, no admitía otro final salvo la leyenda, a los setenta y un años, cansado, enfermo de asma, sin amigos, con sus hijos muertos, recorrió los antiguos campos de batalla y tras despedirse por carta de su sobrina, se encaminó a México, supuestamente a luchar con las tropas de Pancho Villa. Adiós. Si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México. ¡Ah, eso sí es eutanasia!

Se dice que su muerte tuvo lugar en 1914, que algunos ancianos del lugar recuerdan el fusilamiento de un gringo viejo, se dice que murió a consecuencia de las heridas recibidas en una dura batalla contra las tropas federales. Sin proponérselo o tal vez sí, quizá lo hiciera a conciencia, entró en la leyenda. Carlos Fuentes noveló sus últimos días en su novela “Gringo Viejo”, sobre la cual se basó Luis Puenzo para filmar la película homónima protagonizada por Gregory Peck, Jane Fonda y Jimmy Smits. Sin bien la cinta puede considerarse correcta, nada tiene que ver con Bierce, salvo el asma del protagonista. Son preferibles otras interpretaciones para el final de su vida: José María Álvarez lo imagina junto a Bakunim enredado en una conjura para acabar con la vida de Pío IX; Fabrice Gaignault jura que murió en un psiquiátrico de Nappa, sin eludir la que considera la versión preferida por los snobs literarios de todos los tiempos: Ambros Bitter Bierce oficiando de cocinero de la familia real británica desplazada al frente durante la Primera Guerra Mundial.

A pesar de no haber contado con el favor de Borges, que no lo menciona en su “Enciclopedia de la literatura norteamericana pesar de no alcanzar ni una mirada del Harold Bloom, Bierce, como Swift, como Quevedo, constituye por sí mismo una literatura hermosísima e imprescindible.

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Manuel Fonseca nació en Baena, provincia de Córdoba, en el siglo pasado. Ha tenido diversos oficios y cursado estudios con desigual fortuna. Viajero incansable, una crisis espiritual lo llevó a buscar la serenidad perdida hasta el monte Athos, allí trabajó como auxiliar en la biblioteca del monasterio Dochiariou durante un año y nueve meses, tiempo que se le hizo tan eterno como una condenación, pero le sirvió para comprender que su camino era otro, aunque no encontró la serenidad que, cincuenta años después, sigue desaparecida y sin que se tengan noticias de ella.

Es autor de unas cuantas novelas y de un buen número de artículos publicados bajo media docena de heterónimos, quizá por imitar al gran Pessoa cuyo “Libro del desasosiego”, constituyó durante años una especie de refugio intelectual. Pero de cuantas novelas ha perpetrado ninguna puede compararse a la que no ha escrito ni escribirá. Esa permanece indiferente a los muchos intentos por llevarla al papel. Nada importante, nada que pueda alterar los latidos de su maltrecho corazón; a fin de cuentas está aprendiendo (no sin dificultad) la necesidad de tomarse la vida como un juego, intenta imitar a Alonso Quijano, que optó por jugar a ser don Quijote de la Mancha para soportar el largo, duro invierno, en el que acaba la vida. Jugar a estar loco, para seguir cuerdo.

Fonseca tiene un sueño que sabe imposible de cumplir, cuando suceda, si sucede, no será consciente de su felicidad, ello no le impide el deseo de transmigrar como director de la orquesta que dirija Turandot, con Pavarotti en el papel de Calaf. La música, la lectura y los largos paseos con Pancho López, su amigo del alma, constituyen el diario de Fonseca. No es lo esperado, ni lo deseado, pero se le parece, en “Milonga de los dos hermanos”, Borges lo advierte: “El Destino no hace acuerdos/y nadie se lo reproche”. Quien esto escribe no caerá en el patetismo; es preferible seguir caminando, quizá Itaca sea inalcanzable, pero debemos intentar llegar a ella.

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Para saber más, recomendamos:

Bierce, Ambros: Relatos-Diccionario de Diablo, en edición de Aitor Ibarrola, Cátedra, Madrid, 1999

Calvino, Italo: Cuentos fantásticos del XIX, Siruela, Madrid, 1987

Bierce, Ambros: El Clan de los parricidas y otras historias macabras, traducción de Javier Sánchez García-Gutiérrez, Valdemar, Madrid, 1999

Gaignault, Fabrice: Diccionario de literatura para Snobs, traducción del francés Wnceslao-Carlos Lozano

Mencken, H.L. Prontuario de la estupidez humana, traducción de Eduardo Goligorsky, Alcor, Barcelona, 1992

Álvarez, José María: Desolada grandeza, Sedmay, Madrid, 1976

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