Texto de “Melodías en la orquídea”: “El salón de los rechazados”

Hola, familia. Mi nombre es Eugenio y soy un escritor rechazado.

Empecé a publicar en la época que se imprimían 1,000 ejemplares y te los entregaban todos para que los repartieras por tu cuenta. El primer libro, a pesar de ser muy breve, me costó una pequeña fortuna.

En esos años algunas preocupaciones no me dejaban dormir. ¿Seguía siendo una promesa de la literatura o me había convertido ya en una realidad? ¿Debía escribir historias sobre personajes o situaciones conflictivas? ¿Cómo podía hacer para figurar entre los mejores escritores menores de 40 años? Por lo menos una de las metas había sido cumplida: publicar mi primer libro antes de los 30.

Una intriga que me perseguía en todo momento era cómo atraer la atención masiva de lectores y comunicadores. Ser profesor universitario se presentaba como una opción válida. Otras alternativas eran obtener un doctorado en el extranjero o meterme a columnista o entrevistador.

Nadie duda de que publicar significa exponerse. Pero encontrar editor es como vender aspiradoras de puerta en puerta. Ustedes saben mejor que yo lo que uno tiene que hacer para ver su libro en circulación, ¿no es cierto?

He intentado de todo para llamar la atención. Estuve incluso dispuesto a posar sin ropa y mostrar cierta particularidad de mi cuerpo desnudo para subir la fotografía en una de mis cuentas. Pero, ya que he vivido siempre alejado de lo que se conoce como el mundo intelectual, me pareció una exageración. A sugerencia de un amigo comprendí que no todo podía ser exigencia interna, debía insertar una cuota de rigor externo, motivo por el cual aborté la misión.

Confundía los conceptos. No era un escritor de culto, como me forzaba a creer; era sólo un escritor desconocido, ignorado. Disfrazar la realidad, transformarla en algo decente que se pudiera admirar, era un asunto de vida o muerte para mí. Sentía que debía rodearme de todos los signos exteriores que dijeran que era un escritor. Me mandé a hacer unas tarjetas de presentación con un diseño muy colorido. Ocupaba mi tiempo y mi energía participando en ferias de libros. Viajaba grandes distancias con mi propio peculio y hasta encontraba la forma de dirigir mesas redondas. No perdía oportunidad de tomarme fotos con otros autores, sonreír a la cámara y mostrar mi libro con ambas manos.

En algún momento llegué a pensar que escribía para ayudar a las personas a que cambiaran su forma de pensar. Por supuesto que cambié mi forma de pensar cuando leí El filo de la navaja, pero dudo mucho que Somerset Maugham haya escrito su novela con la intención de iluminarme.

Lo que más me atrae de algunos autores es la pulcritud que emplean en lo formal. El uso que hacen de la puntuación, de la sintaxis, de los sinónimos, contrasta abismalmente con el contenido de sus textos, que en muchos casos son una violación en todos los sentidos. Sin dejar de mencionar los títulos de sus obras, que reflejan con claridad su carácter.

Para ser escritor se necesita desplegar algún tipo de astucia a la hora de contar algo. Me gustan los escritores que no suenan como instructores de literatura. La cuestión es escribir sin ataduras ni alucinaciones. Naturalmente siempre habrá alguien que celebre y alguien que censure. La forma es tan importante que resulta siendo lo de menos. Es una de las contradicciones que más sentido tiene.

Es crucial ser leal con uno mismo, aunque eso implique conflictos con otros. El que menos debe hablar de su libro es el propio autor. Las estrellas precoces, en su mayoría, son fugaces.

Uno de mis parientes quiso saber un día de qué tratan mis libros, cómo los he escrito y en qué me he basado para hacerlo. ¿Qué podía decirle? Un compañero escritor en otra ocasión me cuestionó diciendo si había pensado en mis lectores al momento de escribirlos. “¿Qué quieres decir con eso?”, le pregunté a manera de respuesta.

El buen humor es lo que me rescata de la locura de la seriedad. Realmente escribo sobre lo que quiero escribir. Aunque eso me deje fuera del sistema. Nunca sabré con certeza si es un marcado rasgo de terquedad o un leve signo de perseverancia. Lo que pasa simplemente es que no me interesa mucho cuidar o guardar las formas sino revolverlas. Vivo de lo que escribo, no material sino existencialmente. Ser escritor implica que mi atención está en contar historias, no en ganar dinero. Sufro un insomnio que no es enfermo sino creativo. Tengo demasiado interés, sangre y energía puestos en lo que escribo como para dormir plácidamente. Aun así, necesito descansar, poner mi mente en reposo. En ese proceso es saludable encontrar un grado de oposición. Eso me permite apreciar con mayor claridad lo que estoy haciendo, cómo lo estoy haciendo y por qué lo estoy haciendo. Puedo hacer concesiones, cambiar ciertas partes y ajustar otras. Estoy abierto a recibir y seguir sugerencias cuando las considero apropiadas. Pero cuando tocan el nervio que me identifica, no puedo hacer lo mismo. ¿Cerrado y torpe? No lo niego. Sé dónde está mi marca y dónde la pongo dentro de mis textos. Una cosa es adaptarse; otra, prostituirse.

No soy un escritor exitoso. Sólo soy un señor que escribe. He cometido todos los errores que se supone un escritor debe cometer en cada etapa de su carrera. Solía decirme, y decir a los demás, “soy un perfecto desconocido, nadie me publica ni siquiera un microrrelato”. ¿Cómo quería atraer lectores con esa mentalidad? Nadie te lee porque siente pena de ti.

Señoras y señores, debo confesarles que paso la mayor parte del tiempo pensando. Me doy cuenta de que, sin importar lo que escriba, no voy a revolucionar la literatura universal. Porque a veces me asalta la extraña idea de que sólo debo escribir sobre temas trascendentales. Me relaja mucho recordar que en realidad nada es original.

En nuestra cultura hablar de best-sellers, por más que algunos utilicen cándidamente el término, es una falacia, una fantasía, un desvarío. Lo que a nosotros nos interesa es la gloria literaria, la inmortalidad. ¿Sí o no? No tenemos un punto de vista práctico acerca del oficio. Todo lo vemos majestuoso e idílico. O no lo vemos.

Me gradué como doctor en literatura. Llegué a la conclusión de que el éxito de un texto también depende del lector. Si el lector es ocioso, superficial o estúpido, ni leyendo una obra maestra se despeinará un ápice.

La vejez no cura la estupidez. La estupidez es incurable.

A propósito, la auto ficción es mi especialidad. ¿Han oído alguna vez hablar de ello? Lo comprendo, no se preocupen. Es un tema novedoso que no está al alcance de todo el mundo.

Actualmente estoy dedicado a escribir un libro por año. Debo hacer eso para mantenerme en primera línea. Trabajo de 9 a 5, soy un oficinista de la literatura. No necesito inspiración porque no escribo impulsado por ella. Entiendo que mi éxito lo debo por otra parte a mi estilo. Pronto me di cuenta de que lo mejor era no correr riesgos. Reconozco que fue un error negarme a entrar en relaciones personales o formar asociaciones estratégicas con otros autores. Ir en sentido directamente opuesto a la corriente no tiene ningún mérito. Las reglas del juego son las mismas para todos. Es preciso observar los movimientos de cada jugador. No vale hacer conjeturas ante el silencio. No es necesario ni urgente ponerles adjetivo. Acallar la propia voz para emular al consagrado es un truco que no falla. No es una clase de solidaridad sino un instrumento de conveniencia.

Ese amigo mío tenía razón. “Hay que sacarle provecho a los libros malos”, me dijo. Algunos pueden servir como material para una cátedra universitaria acerca de cómo no se debe escribir.

Aunque la confrontación es muchas veces desagradable, resulta igualmente saludable. Tuve un período en que me dio la fiebre por los debates. No me conformaba con escribir o leer. Quería discutir, refutar, aclarar. Pasaba más tiempo generando polémicas que desarrollando nuevos textos. Calificaba a todo el mundo. No podía leer un autor sin censurarlo desde la primera línea. En todo lo que hacía había una sistemática intención de menospreciar, rebajar y subestimar al vecino. Lo tenía grabado en la mente y el corazón. No era capaz de admirar su talento o aprender de su destreza.

Cuando adoptaba mi pose académica se me escapaba la esencia de los textos. Me quedaba atascado en los detalles técnicos y perdía de vista la esencia de las obras. No intentaba convertirme en una eminencia, pero por hacer demasiado alarde cerebral me privaba la experiencia sensual de la lectura.

Con el tiempo he aprendido a bajar la guardia. Si me gusta lo que escribe alguien, lo aliento. Si no me gusta, no lo mato. No tengo derecho a criticar lo que escriben otros. Cada uno hace lo que puede con lo que tiene. Es claro que entre nosotros no existe una cultura de comunidad, sólo el ánimo de competencia. Pero no entendida ésta en términos elevados sino como sinónimo de mezquindad.

He disfrutado cuando me han catalogado como el escritor del odio por excelencia. Pero he llorado porque no me han invitado a algunos eventos, porque no han incluido mi nombre en ninguna promoción o generación. La verdad es que siempre he detestado los rebaños y el espíritu gregario. Pero tenía que pelear por forjarme una posición. Ese parecía ser otro signo de categoría. Si no atacas a nadie, no vales; si no tienes una riña enconada con nadie, no existes.

Por ese motivo incursioné también en la crítica como un método válido para escalar. Para ser sincero, no me interesaba lo que escribían los demás. Escribir reseñas era sólo otra forma de promocionarme. En ciertos casos, cuando la falta de pericia del autor era muy exasperante, terminaba leyendo 450 páginas en 1 hora. Prefería eximirme de hacer comentarios y enviaba en cambio un cuestionario para que el autor tuviera la oportunidad de realzar su obra él mismo.

A veces, para complacer a un compañero, comparaba su estilo con el de un laureado autor, sus construcciones con las de otro y sus metáforas con las de uno más. Por querer lucirme, entre líneas, acababa diciendo que el libro no tenía identidad y que el autor plagiaba a algunos famosos. Mis reseñas, con tanta fanfarria académica, lejos de atraer lectores, los espantaba.

Estaba tan metido en el asunto que sólo me faltaba escribir yo mismo las reseñas de mis propios libros y firmarlas con otro nombre. Por eso cada vez que alguien comentaba favorablemente uno de mis libros salía inmediatamente a decir que era una reseña valiente, original, creativa. Pero si la crítica era negativa no dudaba en mofarme cruelmente del reseñista. La ansiedad por el control no me daba tregua.

Por esos días me topé con un señor que, además de poeta, era un respetado redactor cultural en un periódico de alto tiraje. Me explicó que ellos sólo reseñaban libros que venían recomendados por alguien influyente o que eran pagados por el propio autor. No me asombró mucho; las parroquias también cobran por mencionar el nombre de un difunto en una misa.

Sin embargo, a pesar de mi comercio con otros escritores, no pertenezco a ningún gremio. ¿En cuál podría estar? ¿En el de mayores de 25 años? ¿En el de nacidos antes de 1970? Qué clasificaciones, por Dios…Si vamos a hacer algo así, tendríamos que ser un poco más atrevidos o por lo menos divertidos. ¿Qué tal si formamos un grupo de los que tienen un lunar en el culo?

Lo único bueno que me pasó en esos intercambios con otros escritores fue que la conocí a ella. No mencionaré su nombre por respeto a su privacidad. El moderador me presentó al auditorio y me dio la bienvenida. Mientras los demás me sonreían, ella me comía con los ojos. Reconocí bien lo que me pedía con esa mirada. Yo venía de publicar un libro por el que algunos críticos habían dicho que su lectura no estaba al alcance de cualquiera y se requería una enorme sintonía con el mundo del autor para disfrutarla al cien por ciento. Me sentía un dios original, un vanguardista erigiéndome como el outsider que había escrito la gran novela anti comercial de los últimos tiempos.

Esa misma noche cruzamos un par de palabras a la salida del salón. Ella estaba muy interesada en mi trabajo y me hizo varias preguntas. Experimentamos una conexión inmediata. Ella era demasiado brillante para ser sociable y yo demasiado sociable para ser brillante. Nos atrajimos sin remedio. Fue tan dulce que terminamos teniendo sexo furioso debajo de la escalera. A partir de entonces trabajamos juntos. Iniciamos una etapa muy productiva. La considero mi discípula. El sexo era nuestra gasolina creativa. Hicimos talleres, ensayamos ejercicios, escribimos a dos manos. Algunos santurrones dijeron que era una relación inmoral. ¿Quiénes lo decían? Los mismos que atacaban a un colega sin motivo, sólo por envidia o celos, los que se llenaban  de elogios ellos mismos y elogiaban a los que ofrecían hablar bien de ellos en público. El sexo clandestino muchas veces es lo menos inmoral que existe, a veces es lo único que no es inmoral.

Por favor disculpen. A uno se le pegan inevitablemente ciertas actitudes. Son tantos muros, tantas vallas, tantas trampas, que a veces provoca irse por otro lado.

Un escritor que no expone su cabeza o arriesga su pellejo no es más que un elaborador de textos. He aprendido que no tengo que ser famoso para sufrir las consecuencias. Soy un tipo insensible que desconoce las necesidades de sus seres queridos por ir tras sus objetivos personales. No tengo las agallas ni el talento de otros, pero entiendo que todo parte del rechazo de la familia. Cuando escribo no estoy pensando en ella ni en mi país, ni en la cuestión social o en una posición política. Ni siquiera estoy pensando en literatura. El cerebro tiene que ser una herramienta que haga hablar al corazón, no que lo anule.

¿Perdón? ¿Cómo dice?

Me encantaría responder a esa observación, pero ya sabe que en estas reuniones preferimos no tener diálogo. Evitar la réplica es fundamental. La terapia funciona mejor si no perdemos el tiempo discutiendo quién tiene la razón. Sólo déjeme decirle que si no lo siente, no lo transmite.

En una ocasión, como reconocimiento a mi labor, me designaron para ser jurado en un concurso de cuentos. Me daba tanta pereza revisar los trabajos presentados que escogí mi ganador por el seudónimo que más me gustaba. No iba a leer 20 paquetes de 80 páginas cada uno. Nadie se enteró de la fórmula que usé y me entregaron un diploma por mi contribución.

He estado aquí lo suficiente para saber cómo se manejan esos concursos. Llevaba años presentándome y nunca había ganado ni una mención honrosa. Falta de contactos o de talento, daba igual; no veía posibilidades de triunfo. Respetaba tanto las bases que terminaba obsesionado con la extensión, el tipo de letra, el interlineado, los márgenes. Una verdadera tortura. Hasta que un día, después de mucho tiempo, me dije “vamos a jugar un poco”. Le encontré el lado divertido cuando advertí que no se trataba de nada serio. El objetivo no es vencer al otro sino a uno mismo. “Supón que ganas”, me dije. “¿Eso hará que puedas dejar de trabajar y vivir de ello? ¿Cuál es la gracia, entonces?”.

Cuando dejé de esperar, sucedió. Recibí un correo electrónico del director de una pequeña editorial. Me dijo que había leído parte de mi trabajo en una revista donde colaboraba. “Estamos preparando una colección de cuentos eróticos”, me dijo. “Ese relato tuyo sobre el misógino que fantasea con la vecina es muy bueno, mejor que toda la mierda que me han mandado hasta ahora, envíamelo, hacemos como que lo presentas al concurso y lo elegimos ganador, así de paso no te cuesta un centavo ser incluido en la antología, ¿qué te parece?”. Deduje que si así se resolvían los certámenes entre desconocidos, lo mismo podía suceder en los promovidos por editoriales prestigiosas ofreciendo millonarios premios a autores ranqueados. Mirándolo bien, no hay mucho de qué sorprenderse. Todo el mundo sabe que lo mismo ocurre en los concursos de  belleza, en las licitaciones públicas, etcétera…

Debo admitir que también gané uno sin influencia de ninguna clase. Me sorprendió tanto que fingí no emocionarme. Como lo organizaba un banco, dije a la prensa que cuando me llamaron los funcionarios para darme la noticia, en principio pensé que lo hacían para cobrarme una deuda. El periodista no era idiota. Me preguntó cómo podía pensar eso si el banco que organizaba el certamen era el banco de reserva, que no daba préstamos a particulares sino que se encargaba de regular el sistema monetario. Ahí me las arreglé para parecer modesto, como siempre.

¿Alguien sería tan amable de servirme un poco más de agua, por favor?

En ese punto algo raro empezó a suceder. De pronto parecía que todos se habían vuelto locos. En otro país decidieron incluir uno de mis cuentos en una antología internacional. Diarios y revistas empezaron a aceptar mis aportes sin cuestionar nada. Mis textos, que por años habían sido descartados, debido a su simpleza o a su frontalidad, en un instante se volvieron atractivos para editores y lectores.

Una vez más, pese a mi recelo, volví a tener trato habitual con algunos personajes del circuito. El director de un blog muy visitado dio inicio a un renovado ciclo de trabas. Sólo aceptaba textos originales e inéditos. En una conversación se pasó 40 minutos explicándome la diferencia entre lanzamiento y presentación de un libro. El tipo era un genio. La editora de una revista cultural me dijo “no asumas que el lector va a entender lo que le estás diciendo”. Entonces apareció otra con una actitud más liberal. “Te compramos la idea”, me dijo. “Puedes enviarnos un capítulo semanal y lo vamos publicando con alguna imagen relacionada. Si puedes, envíanos tú mismo la imagen”. Hasta ahí todo bien. Sólo había leído el resumen. Cuando recibió el manuscrito su discurso cambió. “Disculpa que no te haya respondido antes”, dijo. “Hemos estado muy ocupados generando el nuevo contenido para la revista. Fíjate. El libro está muy bien escrito y es realmente excitante. Pero creemos que es demasiado subido de tono para lo que buscamos. Desde los primeros párrafos nos dimos cuenta de que podríamos perder algunos anunciantes que nos han dicho que les encanta nuestro glamour erótico porque no llega al morbo. Para serte sincera encontramos tu material bastante sucio. Si quieres colaborar con cualquier otro texto menos crudo, las puertas de nuestra revista están abiertas para ti”.

¿Qué tal eso, ah?

Por un lado, si el lector entra con prejuicios al texto, está perdido de antemano. Si el escritor es astuto y el lector estúpido, no habrá química. Pero si es al revés, tampoco. Por otro lado, un escritor que considera tonto al lector, dándole demasiadas explicaciones en sus textos, es porque se considera tonto a sí mismo. Por eso creo que nunca podría trabajar a sueldo en ningún medio. Sé que es una inversión. Entiendo aquello de que “debes escribir primero lo que los demás te piden y luego puedes escribir lo que quieres”. Suena bien, pero no tengo paciencia.

Así fue como la idea del blog personal en principio me pareció atractiva. Pero me desanimé cuando un compañero me explicó la manera de mantenerlo en la lista de preferencias. Entrar 200 veces al día para que quedaran registradas las visitas no era algo que me entusiasmara demasiado. Escribir no es una competencia. ¿Qué importancia tiene que unos estén arriba y otros abajo? En este oficio no sirve ir detrás de las estadísticas. Lo más sensato es conservar la distancia. Al final deseché el proyecto. Y de paso desistí también de usar seudónimo porque empecé a comprender el real significado del anonimato. Mi reticencia, o resistencia, a salir en público no tiene nada que ver con la humildad. La emoción está en el proceso creativo, no en relacionarse con otros escritores, que es lo más tedioso del mundo.

Al mismo tiempo vinieron las presentaciones. Una de ellas parecía una reunión dirigida a pacientes de una institución mental. Todos, víctimas de una brutal sobredosis intelectual. Una exquisita mezcla de Buñuel y Fellini, con algunas preguntas hilarantes en el intermedio. Éramos varios escritores emergentes –perdón por el término, pero así nos llamaban- los invitados a participar en el conversatorio de la universidad. El tópico de discusión giraba en torno a si existía una literatura que nos identificara a todos, siendo que algunos proveníamos de la ciudad y otros del interior. Asistí ganado más que nada por la curiosidad. Me preguntaba si de verdad los profesores y estudiantes de literatura perdían el tiempo de esa manera en sus clases. Encontrar la diferencia entre relato y cuento puede ser tan importante como determinar si saber dibujar es requisito imprescindible para pintar. Me gustaría saber qué hubiera dicho Gauguin en una conversación como ésa. Y por supuesto Dalí, que cuando un periodista le salió con una reflexión de ese tipo, se rió y le dijo “hágame una pregunta más interesante”. La reunión fue como estar en un fumadero de opio durante dos horas. Faltando unos minutos para cerrar me levanté y me encerré en el baño.

¿Pueden ustedes imaginar a un escritor dando una clase magistral? Nuestra editorial organizaba esos talleres en las universidades y nosotros nos sentíamos felices, orgullosos, de que nos convocaran para ser sus estrellas. No nos percatábamos de que nos trataban como a reses marcadas con el sello de su ganadería.

Claro que no faltó quien asegurara que las palabras valen según el peso de la editorial que las imprima. Otros entraron en cuestiones más formales. Alguien declaró que es preciso trabajar duro, pero con los ojos abiertos. El sudor nubla la vista. Concuerdo con ello.

En el fragor de las disquisiciones uno de ellos afirmó que, para que la imaginación de un escritor sea desbordada, su vida tenía que ser tranquila y estar rodeada de calma, defendía el hecho de que el escritor necesitaba un lugar donde trabajar y amigos a quienes visitar, además de tener acceso a comer y dormir bien cada día. Me quedé callado pensando un rato. Sin expresarlo, concluí que partiendo de ese concepto, yo no sería escritor; sería predicador o cura o monje budista.

Pasé un largo tiempo quejándome de que no me atrevía a escribir una novela, que no me sentía capaz de hacerlo, que era una empresa demasiado importante para acometerla. Lo que en el fondo quería era que me dijeran “vaya, qué osado eres, vas a escribir una novela, tienes agallas”. Hasta que un día un buen amigo me dijo “¿Cuál es la gran hazaña con eso de escribir una novela? Para el lloriqueo y ponte a escribirla”.

Luego me invitaron a un evento literario en una embajada. El ambiente, el programa, el maestro de ceremonias eran elementos perfectos para una obra cumbre de humor negro. Según me informaron, querían otorgarme un reconocimiento por mi labor como escritor. Se trataba de una formalidad diplomática. Necesitaban premiar a un literato para justificar el presupuesto cultural. Me parece que andaban medio perdidos. Escritor no es lo mismo que literato. Literato es el que sabe todas las normas y conceptos literarios; escritor es el que crea sin importarle lo que piensan, dicen o dictan los literatos. De cualquier modo nadie allí me conocía ni sabía lo que escribía. Aun así, me entregaron un plato recordatorio. Lo recibí porque pensé que de todas maneras podía ser útil para mi cartel.

Otro día llamaron para agasajarme en una biblioteca. Es el tipo de cosas que, aunque lo niegue a la luz, en secreto siempre espero que suceda. Poco antes de empezar el organizador me llamó a un costado y me dijo que debía comprar los bocaditos y las gaseosas. Me llevó a un supermercado próximo, él mismo escogió los productos y luego me puso en la fila de una de las cajas. No fue necesario que me indicara lo que debía hacer.

En un canal de televisión me ocurrió algo parecido. Días antes la productora me había escrito pidiendo referencias de mi trabajo. Le envié fragmentos de mis libros, incluyendo los PDF de dos de ellos, adjunté las portadas y varias entrevistas, así como algunas reseñas. Me contestó diciendo que elaborara las preguntas que me gustaría que me hicieran. El conductor del programa era un anciano de 80 años que, por sus movimientos mecanizados, parecía un robot. El pobre no tenía idea de quién era yo y por supuesto no conocía ninguno de mis libros. Se limitaba a simular que sosteníamos una conversación ante cámaras. Se veía todo como un show de marionetas. Fue divertido. Si no esperas otra cosa, lo disfrutas.

Años después decidí celebrar el vigésimo aniversario de mi primera novela. Es lo que hacen las grandes editoriales para celebrar a sus autores más vendidos. Un recurso excelente para generar nuevos ingresos. Entonces me dije “¿por qué no hacerlo yo también?”. El problema fue que la gente, que en su momento leyó el libro, ya lo había olvidado. Mis invitaciones a la fiesta conmemorativa fueron ignoradas. Mis ofertas por edición especial tampoco surtieron efecto. La indiferencia de los demás me volvió a mi propia realidad. El paso del tiempo no había convertido mi ópera prima en un clásico, como yo creía.

Esto me hace recordar que un día me abordó en el chat un ex compañero del taller literario. Un par de décadas, por lo menos, que no sabía nada de él. Me reconoció de inmediato. Me dijo “¿tú no eres acaso el de la barba larga? Me acuerdo cómo te la acariciabas y cruzabas las piernas haciéndote un nudo en la silla. Tenías 23 años, igual que yo, pero usabas pantalones con tirantes y fumabas pipa”. Por supuesto negué que era yo y que había estado allí alguna vez. Pero recalqué que dicté unos cursos de escritura creativa en ese sitio.

“¿En qué espacio te mueves ahora?”, me preguntó. Soy un escritor virtual. No salgo en los periódicos ni en las revistas. Tampoco en la radio o en la televisión. Soy bueno en todo aquello que no sirve para ganar un centavo. No soy lo suficientemente hábil para escribir sobre los temas de moda….Está claro que no le iba a decir todo eso. Sé que la dinámica en las redes sociales dan una idea de por dónde corren las balas, pero aunque parezca inocuo y superficial yo prefiero ir en sentido contrario. Comparto mi trabajo en ellas, pero no salgo a comentar u opinar sobre lo que otros comentan u opinan de mi trabajo cuando alguien comenta u opina algo, lo que tampoco sucede a menudo. Al cabo de un tiempo difundiendo de manera febril mis publicaciones en diferentes plataformas terminé cansado y aburrido. Anhelaba de corazón que alguien se ocupara de eso por mí.

Finalmente conseguí un agente que me permitió acceder al mercado. ¿Qué sentido tenía insistir en poner libros a la venta en una librería que nunca me había dado una respuesta, un reporte, un aviso, muchos menos una liquidación? Un amigo me preguntó, “¿cómo van las ventas?”. No lo sé, le dije. No quería ser descortés o insolente. Lo que me importaba era aprovechar las gestiones de mi representante. A pesar de los años no ganaba un premio importante todavía y surgió esa oportunidad. Había mucho dinero de por medio. De lograrlo, esta vez además sería un reconocimiento internacional. Le pedí que presentara mi novela, pero se negó. Dijo que el material no le parecía consistente como para arriesgarse, su prestigio estaba en juego. Le dije que mi carrera también, así que no logramos ponernos de acuerdo. Al día siguiente me llamó diciendo que lo había pensado bien y que lo mejor era terminar nuestra relación profesional.

Vaya…Dios me libre del circuito oficial. La prudencia me aburre. Entre gitanos no podemos leernos las cartas. Estamos todos dentro del mismo barco.

En un momento, sin embargo, recibí tal avalancha de solicitudes de amistad que empecé a sentirme una celebridad virtual y la necesidad de un retiro físico para asimilar mi nueva y bien ganada fama. Estaba en la pugna por entrar a la lista de los mejores libros del año. Era un ejercicio desgastante.

¿La mejor novela del año? ¿A quién le importa eso? ¿Qué utilidad práctica tiene?

¿La novela más comentada y aclamada por la crítica?

Hablar de críticos literarios es muy ingenuo. ¿Dónde están? ¿Quiénes son? ¿Cómo son? ¿Tienen alguna marca que los identifique? La única que se me ocurre es la grandiosidad. La historia del arte está llena de imbéciles que se creen críticos. Los críticos son como los curas: te dicen lo que tienes que hacer, pero ellos mismos no saben cómo hacerlo.

Después de ver uno de mis propios videos, leyendo un fragmento de una de mis novelas, me di cuenta de que parecía más un cómico callejero. Sí, es difícil causar el efecto deseado. Me tomó mucho tiempo comprender que no hay nada de qué hablar. Lo que se necesita es escribir más, mejorar la calidad de lo que se escribe. Pero eso era yo: un remedo, una broma. Esto no se trata de llegar a ninguna parte ni de rematar nada. Es un viaje, no un partido de fútbol. Estar en las listas de los mejores libros del año es una limitación.

Naturalmente es buena idea estar consciente de los riesgos. Más de una vez he aguantado la irresponsabilidad y la ineptitud de algunos editores sólo porque necesitaba desesperadamente ser reconocido, sentirme admirado. En algunos casos yo mismo he tenido que encargarme de la diagramación, incluso de la numeración de páginas y hasta de conseguir el diseño de la carátula.

¿Qué clase de editor es el que te dice “te cobro tal cantidad de dinero por editar tu libro, y te aseguro toda la publicidad necesaria”, cuando ni siquiera ha visto de qué tamaño es el manuscrito? Revisar la calidad del texto es un lujo que está fuera de consideración. ¿Qué clase de servicio editorial es ése? El de un mercenario, sin duda.

Los editores restringen su actividad a un mero trámite comercial. El autor que piense que su editor va a ir más allá de eso es un ingenuo. O está chiflado. Pero tampoco puedo negar que es mejor trabajar con uno de ellos que editarse uno mismo. De cualquier forma, si a uno no lo edita una editorial poderosa será difícil que alguien en el circuito –academia, periodismo, etc.- lo tome realmente en serio.

Aspirar a eso es como pretender hacerte socio de un club para el que no tienes con qué pagar la cuota de ingreso o no cumples ningún requisito de membresía. La única manera de que te puedan fichar es que desistas de encontrar tu propia voz y tu estilo se parezca al de alguien cuyos libros vendan. Si quieres ser publicado dentro del sistema, tienes que escribir dentro del sistema.

Necesitas un editor que te putee, que te exija, que sea capaz de hacerte sacar lo mejor de ti cuando crees que lo estás haciendo maravilloso. En los medios electrónicos se publican muchas porquerías. Pero en papel también, con grandes sellos respaldándolas.

Ya lo ven. Desconfío tanto de los editores que termino entregándoles todo. Las editoriales son como las mujeres: tú quieres con todas, pero no todas quieren contigo. Es duro admitir que a veces ninguna quiere contigo.

¿No me creen?

No. Nunca he mentido. No, al menos de esa manera.

Es una ventaja estar lejos para no tener que respirar tanta miseria. He perdido el interés, pero no el sueño. Es sólo que ya no me emociona ni me ilusiona la droga del reconocimiento. Por algún motivo sucede lo que sucede cuando sucede y no sucede lo que no sucede cuando no sucede.

No se rían. No puedo evitar caer en el terreno de la filosofía…

De cualquier modo, agradezco la invitación que me extendieron los organizadores para ser orador en este nuevo aniversario del grupo. Igual que en mis libros, sé que no he dicho nada nuevo aquí. Se trata sólo de aventarse a la piscina. Todo tiene un precio, ya sea que te quieras someter o permanecer al margen. Ser escritor se trata de aceptar esa condición y funcionar productivamente en la sociedad.

¿Qué de nuevo pueden aportar mis libros a la escena literaria? Nada. No escribo para aportar nada en ninguna parte. Todos tenemos un público. Los que leen a unos no leen a otros. Los modelos y maestros de ustedes no son los mismos que los míos, y viceversa. He renunciado a pelear por eso que algunos llaman colocarse en el mercado. Otros hablan de ganar una posición. Todo es tan relativo y efímero que es un gran peso –y una idiotez- pretender notoriedad literaria. No se puede escribir con esa basura en la cabeza.

Siempre que me invitan a hablar en estas ocasiones recuerdo lo que me costó aceptarlo internamente y declararlo luego en público por primera vez. Tuve que doblegar mi orgullo para romper el auto engaño. Soy un escritor rechazado y mi nombre es Eugenio.

Muchas gracias a todos por estar aquí.

Texto publicado originalmente en:

melodias-en-la-orquidea“Melodías en la orquídea”

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