Reseña: Una batalla siempre inconclusa: “Los herederos de Toth”, de Estefanía Farias Martínez

por Marcos Tabossi

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Imagen tomada de internet

¿Qué es el talento? ¿Qué, el éxito? ¿Qué es la normalidad y qué el fracaso? ¿Se pueden domesticar ciertas habilidades intelectuales y encauzar las capacidades de un niño para que responda, de manera adaptativa, a los intereses adultos? Estas son algunas de las preguntas que me hice al leer “Los herederos de Toth”, de Estefanía Farias Martinez. Quizás por ser padre, tal vez por mi profesión de psicólogo, o simplemente, por ser adulto.

Los Herederos de Toth, la segunda novela de Estefanía Farias Martínez, logra todo lo que espero de un buen libro: conmoverme, increparme.  La autora, en este caso, incursiona en el mundo infantil y pone sobre la mesa, de una manera lúdica, dinámica y con una pizca de humor negro, el abismo que existe entre el deseo de los adultos y el mundo motivacional de un niño. Recrea un universo en capítulos cortos y, jugando con el recurso cinematográfico de Flashback, va dando encarnadura a nuestros pequeños protagonistas de una manera ágil, fluida y divertida. Estefanía nos permite espiar, por el ojo de la cerradura, las conversaciones magistrales de niños que se miden, que compiten, y que buscan, en el vínculo con sus pares, reafirmar el narcisismo.

Un grupo de chicos con una gran capacidad intelectual y, por eso, especiales, es internado en una institución que se precia de potenciar esas ¿distinciones? Estos niños descarriados, que se han portado mal a los ojos de sus padres y que deben ser corregidos, no pueden ocultar el interés por la sexualidad, la experimentación de la violencia, el amor por la lectura o la pasión por la entomología. La escuela, que tiene el propósito de que los chicos puedan adaptarse al mundo (sin que ello implique ser normales) pregonando una fuerte disciplina, tiene un gran problema: está dirigida por adultos. Adultos que medican para controlar el temperamento, adultos que sólo potencian a niños con posibilidades de éxito, adultos que luchan contra el problema de ser normal pero que, a la vez, no serían capaces de cuidar siquiera algunos insectos raros. Adultos que, a veces, parecen decir algo interesante, pero que sólo es un espejismo. Y adultos capaces de aislar, como leprosos, a los chicos traviesos y a sus contagiados.

Los herederos de Toth (así se llama el grupo de los niños prodigios) son, ante todo, herederos. Herederos que lucharán para ser un poco menos herederos de los deseos de los padres, de las imposiciones sociales, de lo que se espera de ellos, e incluso, de una institución con pasado catastrófico, que pese a todo, intentará mantener el prestigio y la buena prensa.

Los chicos, cautivos de sus propias capacidades, deberán aprender a convivir con sus pares y a sobrevivir a la estricta metodología a la que son sometidos. ¿De qué manera lo harán? apelando a lo más genuino: la creatividad. Estefanía Farias Martínez nos regala pinceladas de cine y de música, para que el desarrollo de los herederos de Toth sea, también, un juego, y para impedir que la creatividad muera en manos de intereses económicos.

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Reseña publicada originalmente en:

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los-herederos-de-toth“Los herederos de Toth”

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